viernes. 29.05.2020
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BEETHOVEN Y EL BIG MAC

Hamburguesa y manzana.
FOTO: PIXABAY
Hamburguesa y manzana. FOTO: PIXABAY
BEETHOVEN Y EL BIG MAC

¿Qué prefieres, un plato de brócoli o una hamburguesa con bien de todo y con kétchup? Y de postre, ¿una macedonia de frutas o un helado de nata y chocolate?

Todos sabemos qué es sano y qué no lo es, qué es nutriente y alimento y qué es prescindible. Sin embargo, a muchísimas personas nos seduce más aquello que no deberíamos comer que lo que realmente va a nutrir nuestros cuerpos. Y es que tiene su lógica. Primero, cuanto más desacostumbremos al paladar a tomar lo que es natural y sabroso de por sí (unas fresas, cerezas, sandía, aguacate…), llegará un momento en el que sólo le sepa sabroso lo artificial. Segundo, tomar algo procesado, algo que “te ponen ahí” es muy cómodo y no requiere ni de tiempo ni de esfuerzo. Lo compras, lo abres, y te lo comes. Y encima lleva todo lo necesario para que te sepa rico. En cambio, cocinar con consciencia requiere de tiempo para escoger alimentos, para realizar un planning de dietas equilibrado, y cocinar. Y muchos vamos como motos.

A estas alturas te estarás preguntando qué tiene que ver esto con Beethoven, ¿verdad? Pues tiene que ver mucho. Con Beethoven, Bach, Gershwin, Ella Fitzgerald, Freddie Mercury, Janis Joplin, o un millón de artistas más de todos los tiempos y géneros.

Y es que yo siempre he visualizado el tema del consumo musical como el tema del consumo alimentario. Voy por partes.

A pesar de saber de la importancia del consumo de alimentos buenos para la salud, la sociedad de consumo en la que vivimos no nos lo pone nada pero que nada fácil. Tenemos productos insanos a la altura y alcance de los niños en supermercados (cuántas escenas de berrinche habremos visto por culpa de esto), con reclamos como dibujos animados en el envoltorio (para niños), o personas súper atractivas y triunfadoras (para adolescentes). Publicidad a todas horas, en todas partes.

Lo mismo ocurre con la música. Y es que, ¿te has parado a pensar por qué escuchamos la música que escuchamos? ¿Te has fijado alguna vez qué artistas salen en las galas de premios musicales? ¿Y en los programas musicales? ¿Y en las radios? ¿Y en la prensa? Efectivamente. Siempre los mismos. ¿Y a cuántos géneros representan? Nos sobrarían dedos de una mano.

Todo esto (en alimentación como en música) no se reduce al impacto que pueda tener sobre la propia percepción de la calidad, sino a los hábitos de consumo que se están creando alrededor.

Existen millones de obras, piezas, canciones y estilos de música disponibles en el mundo. Y casi siempre, la que ofrecemos a los niños, a los adolescentes, y también la que consumimos los adultos suele ser la de peor calidad. Simplemente porque es lo que tenemos ahí, a mano. Música de y para el consumo, rápida, fácil.

Obviamente este puede parecer un mal menor, sobre todo si lo comparamos con un tema tan importante como la alimentación y la salud. Pero no olvidemos que la música es un arte, y que como tal, es muy importante en la sociedad. Porque el arte nos habla de historia, nos habla de pasado, de presente y de futuro, el arte nos hace pensar y ser más críticos, el arte nos hace conocer lo demás y aceptar lo diferente. Es una herramienta muy potente de comunicación, expresión, transmisión, y que aporta valores como la empatía, la sensibilidad, el amor por la naturaleza… Luchar por el arte e ir más allá de lo mainstream en estos tiempos que corren, es un acto de rebeldía. Lo mismo que consumir productos alimenticios de la tierra, de cercanía.

Muchos nos damos cuenta del impacto tan fuerte que tiene la música en todos nosotros, empezando por los niños pequeños. Tiene el poder de calmarnos o excitarnos, de captar nuestra atención, emocionarnos, invitarnos al movimiento… Y sin embargo muchas veces nos limitamos a encender una emisora de radio mientras vamos en el coche, o mientras cocinamos, o directamente la ponen por nosotros en la tienda de la esquina, la fiesta de cumpleaños del amiguito del colegio o en la carrera ciclista del barrio.

¿Qué quiere decir esto? Que perdemos nuestro poder de elección, escuchando aquello que otros quieren que escuchemos, es decir, que consumamos en masa. ¿Y qué pasa? Que esto es igual que con la publicidad de perritos calientes: que está por todas partes, pero ni es lo mejor, ni lo más acertado. Y perdemos el gusto por lo realmente bueno. Nos adulteran tanto el gusto, nos vuelven tan pasivos, que perdemos la capacidad de elección, de búsqueda, de curiosidad…

Justamente este mes una de las revistas más icónicas de reseñas musicales, Rockdelux, ha bajado la persiana. Aunque algunos la han tildado de elitista, es innegable su labor en la difusión musical más allá de lo que ya abunda en los medios durante los últimos casi 40 años. Una gran pérdida teniendo en cuenta que era uno de los pocos espacios divulgativos de otras músicas menos comerciales.

Suena fuerte, pero existen personas que deciden qué música vamos a escuchar, y es más, qué música nos va a gustar el verano que viene. Por no hablar de los (dudosos) valores que muchas veces transmiten canciones y artistas que triunfan entre el público preadolescente. Por supuesto, no podemos aislarnos de la sociedad en la que vivimos.

Es posible (y no pasa nada) que no podamos evitar tomarnos un trozo de pastel 3 chocolates en una fiesta de cumpleaños, ni escuchar y bailar la última canción del verano en las fiestas del pueblo. El problema es cuando esto se vuelve la norma, la rutina. No dejemos de discriminar, valorar, escoger por nosotros mismos. No dejemos de buscar. Porque hay mucho, y muy bueno. De hace siglos, de hace décadas, pero también de ahora mismo. En todas las esquinas del mundo, incluyendo la nuestra, aquí, al lado. De todos los gustos y de todos los colores. Música de gran calidad. No nos la perdamos.

 

María Suberviola

@musasyfusas

www.musasyfusas.com

 

 

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