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La pena

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FOTO: MARTA SALAS

Independientemente de la capacidad de cada uno para integrar las emociones de los otros, hay un juego torpe por parte de quien se quiere hacer querer: la explotación de la pena.

Quien juega a seducir utilizando sus desgracias, las injusticias con que la vida le ha castigado, debe saber que ése es un mecanismo peligroso que suele volverse en contra como un bumerán.

Yo fui, durante mi juventud, carne de cañón con ese tipo de personas. A mí se me conquistaba con una historia desdichada. Me rodeaba de personas ávidas de afecto, sin dar por sentado que todos lo necesitamos.

Gente especializada en mercadear con su infortunio.

A día de hoy, huyo de quien hace de su 'mala suerte' un modo de vida.

Cuando llegamos a una edad, por simple cuestión estadística, ya tenemos todos nuestra parte correspondiente de mochila cargada de pérdidas, tragedias, disgustos y desencantos. No es cuestión de sacarlas para compararlas con la mochila de los otros.

Me desagradan hasta la indignación las parejas que intentan no romperse, de forma artificial, utilizando el argumento del llanto y el abandono por parte de uno de ellos.

Si tu relación va mal y crees que tiene solución, agénciate una reserva en un buen restaurante, compra dos billetes para llevarte a tu pareja a Lisboa o móntale una sorpresa gratis con los amigos. Pero no te pongas a llorarle por teléfono.

El ser humano sano es alérgico, en lo más profundo de su ser, a la tristeza. Y así debe ser para construir un mundo con sentido. Se pueden asumir, faltaría más, momentos críticos en que uno estará ahí cuando le necesiten y esperarás que quien te quiera esté a tu lado. Una y mil veces.

Utilizar la pena como arma de seducción puede funcionar una vez. Dos. A la tercera, algo se estará rompiendo para siempre.

Salvador Navarro - Escritor

Autor de 'Nunca sabrás quién fui'

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