Responsabilidad compartida en una transición justa

ANTONIO ARETXABALA

Responsabilidad compartida en una transición justa

Se nos está inoculando el virus de la “responsabilidad compartida” pero…

Nadie puede negar que nuestros hábitos de vida provocan desechos, emisiones de gases de efecto invernadero, la muerte de los ecosistemas, la degradación de los suelos, la desaparición de barreras biológicas ante pandemias... Podemos y debemos hacer lo posible para no seguir haciendo inhabitable el medio que garantiza nuestra existencia. Ahora, las grandes empresas energéticas e industriales con los bancos que las mantienen y sus gobiernos marioneta, quieren reducir nuestro impacto ecológico y se nos pintan de verde animándonos al ahorro, a la eficiencia, a la economía circular, pero eso sí, sin dejar de consumir sus productos y servicios gravados con más impuestos, hay que estimular su (según ellos) maltrecha economía.

Sin embargo, es también innegable que esas empresas, bancos y sus representantes en los gobiernos locales y centrales —habitualmente elegidos en las urnas— son y han sido los principales culpables de la crisis económica. Ésta, por fin, se ha visto, que es a su vez el efecto directo del declive de recursos sin solución de renovación (no renovables) explotados para el beneficio de unos pocos. Es una crisis ecosistémica y el que aún no lo sepa es porque no se informa o no quiere estar bien informado; y en la era Google eso no tiene justificación ninguna. En el mundo tan sólo un centenar de grandes corporaciones son responsables del 70% de las emisiones, mientras el 10% de los hogares más pudientes generan varias veces más las emisiones per cápita del 50% de los hogares más humildes.

El 50% más pobre de la población sólo genera el 10% de las emisiones para mantener nuestro derrochador estilo de vida (Oxfam, 2015).

 

 

Visto el problema global del declive innegociable de recursos geológicos, que son los que realmente apuntalaban nuestra última organización social, especialmente poniendo la mirada en los minerales, los productos energéticos y los indeseables efectos secundarios derivados de su extracción desmedida, nacieron los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible (los 17 ODS) el 25 de septiembre de 2015; los líderes mundiales adoptaron un conjunto de objetivos globales para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos como parte de una nueva agenda de desarrollo sostenible. Cada objetivo tiene metas específicas que debían alcanzarse en los siguientes 15 años (por eso se denominó Agenda 2015-2030 o simplemente Agenda 2030). Para alcanzar estas metas, todo el mundo tiene que hacer su parte: los gobiernos, el sector privado y la sociedad civil organizada.

Desde entonces la UE viene articulando directivas, dictámenes, incentivos fiscales, leyes, etc., encaminados a favorecer la consecución de los mismos. El más amplio es el Dictamen SC/048 “Nuevos Modelos Económicos Sostenibles” del Consejo Económico y Social Europeo (CESE) que sienta las bases para afrontar los desafíos sociales, medioambientales, políticos y empresariales que se plantean en la UE. El Gobierno de España y el Gobierno de Navarra, buscan la asociación con entidades y ciudadanía para la implantación real de este cambio de paradigma. ¿Pero realmente lo buscan o siguen jugando a los cambios cosméticos ante una situación tan seria? La presentación de los mismos a la sociedad navarra el pasado noviembre pasó sin pena ni gloria y no por otra cosa que por la propia incomprensión de los responsables a quienes se ha confiado su implantación y seguimiento.

Una era verde y de transición justa

Sin perder la perspectiva global, toda administración territorial debe resolver por este camino al que ya Pedro Sánchez ha llamado “verde, digital e inclusivo” las cuestiones fundamentales del presente momento de cambio histórico: el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, las desigualdades sociales y la desafección política ciudadana. ¡Nos quedan diez años! Entre sus exigencias a los gobiernos, destacan los impulsos a la economía circular, de cercanía, colaborativa, fomentando el abandono definitivo del modelo económico basado en el patrón “extraer, producir, poseer y desechar” en favor de una economía basada en “la justicia social, la gobernanza participativa, la conservación de los recursos y del capital natural”.

Navarra tiene una necesidad urgente y, por tanto, el desafío de afrontar una estrategia creíble para su transición justa. Como toda Europa, transitaremos necesariamente por la implementación de las Nuevas Economías como herramientas para la consecución natural de los 17 ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). En otras palabras, nos estamos reorientando ante la nueva vuelta de rosca de la misma crisis que comenzó mucho antes de 2008 con el declive de los recursos —especialmente de los hidrocarburos asequibles y de calidad— el impacto climático, la destrucción de la biodiversidad y sus efectos directos en la salud social y la economía. Casi por obligación el discurso comienza a calar entre la población. Pero ésta, que de tonta tiene bien poco, observa las contradicciones de cómo se aumentan los impuestos a los usuarios de vehículos, transportes, alimentos, mientras se subvencionan con ingentes cantidades de dinero público a las empresas que ponen en el mercado los productos más tóxicos e insostenibles. La adaptación de la clase política pasa por reconocer con humildad que la ciencia popular está muy por encima de sus inaceptables malabares.

Los hogares europeos responsables del 25% de todas las emisiones pagamos casi el 50% del total de impuestos medioambientales. Aquí no hay responsabilidad compartida de ninguna clase, unos tienen caviar y champán en el menú y otros tenemos pan y agua, pero todos debemos pagar a tocateja. Ahora todas y todos deberemos hacernos cargo de los lujos pasados y presentes de quienes provocaron el desastre y a los que se avisó a gritos del problema que estaban creando. No quisieron tomar medidas ni evitarlo hasta que la gallina de los huevos de oro fue despellejada, el medio fue arrasado, la población desposeída y ahora buscan a la desesperada —entre lo poco que le queda a la ciudadanía— dónde rascar más y más con la complicidad de una clase política a la que ya ni los 17 ODS ya va a devolver ninguna credibilidad, porque gracias a su ruborizante sumisión, cargaron contra quienes advirtieron del crimen sobre el medio que nos daba la vida.

Mecanismos de Recuperación y Resiliencia

Ahora, con los 17 ODS y el primer ‘Mecanismo de Recuperación y Resiliencia’ recientemente aprobado por la UE con más de 750.000 millones de euros, estamos rediseñando nuestros conceptos de valor y prosperidad, de ética y solidaridad, precisamente para reconstruir nuestras sociedades con miras a ir adaptándolas a esta extraordinaria era de transición en la que la pobreza a nuestro alrededor se va a convertir en una compañera habitual si no tomamos medidas urgentes, técnicas y sociales, atajamos la corrupción y llenamos las instituciones y las empresas de la cultura del bien común, erradicando para siempre el pensamiento mágico de crecimientos verdes y desacoplamientos del incremento del PIB respecto del consumo de materias primas y minerales. Es aquí donde todos los sectores deben comprender el marco histórico en que vivimos.

Las materias primas son la base de nuestra sociedad, el pilar fundamental en la consecución de altos niveles de convivencia. Los mensajes lanzados desde las organizaciones internacionales como la ONU o la Unión Europea suponen un grito ensordecedor que, sin embargo, la sordera institucional dominante y la mayoría del tejido empresarial no logra, o no quiere escuchar. Trazar un futuro para Navarra desde la idea de un Green Deal cosmético es una imprudencia que nos va a meter en callejones sin salida, pues habrá que desandarlos con la consiguiente indignación y hastío popular. La disociación de la economía de los recursos como un objetivo posible es irresponsable; algo que jamás se ha visto en la historia del ser humano y ha sido mil veces desmontado por estudios de carácter científico e histórico. No hay ningún crecimiento positivo que pueda mantenerse indefinidamente y menos aún, partiendo de la situación actual. Este camino de transición y frugalidad lo vamos a transitar, nos guste o no, por las buenas o por las malas, lo vamos a realizar, sería deseable que fuese trazado desde la lógica y la generosidad, porque si no es así, viviremos tiempos oscuros.

 

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Antonio Aretxabala

Geólogo investigador en la Universidad de Zaragoza. Ha sido delegado del Ilustre Colegio de Geólogos en Navarra. Director técnico del área de hormigón armado (HA) y suelos (SE) del laboratorio de Arquitectura de la Universidad de Navarra y profesor en la Escuela de Arquitectura, la de Ingeniería de Donostia (TECNUN) y en la Facultad de Ciencias. Profesor invitado en la Escuela de Ingeniería Civil de la Universidad de Monterrey (México). Participa en un debate científico internacional que busca explicar la sismicidad intraplaca y la de origen climático, también la antropogénica y sus consecuencias. Investiga sobre los efectos del agotamiento de los recursos y las nuevas tecnologías no convencionales de extracción de combustibles fósiles, el cambio climático y el impacto en la transición en las ciudades, así como la adaptación de las mismas hacia un urbanismo geológico para paliar el impacto de los acelerados cambios ambientales y sociales derivados.