NÁUFRAGOS III

Estefanía Munárriz. FOTO: MARTA SALAS
LUNES CRÍTICO
El monstruo invisible se estaba cebando en las Residencias que albergaban a nuestros ancianos. Estaba embistiendo, sin ninguna caridad, a todas esas personas que habían construido lo que hoy tenemos, lo que hoy somos. Muchos de ellos habían sobrevivido a penurias, a épocas de guerra, postguerra y hambre. Casi todos habían luchado por sacar a sus hijos adelante, se habían quitado el pan por dar la oportunidad de estudiar y facilitar  un futuro a sus proles. En estos días, eran los últimos de la fila, desamparados muchos a su suerte, por una desagradecida y fría sociedad que parecía haberlos olvidado.
Elena estaba coloreando mandalas cuando sus hijas aparecieron repentinamente  en la habitación número 16 de aquella Residencia.
“Nos vamos a casa mamá”. Hicieron apresuradas la maleta y empujaron con una mezcla de emoción, prisas y nerviosismo esa silla de ruedas hasta su automóvil. No permitirían, bajo ninguna razón ni norma, que su madre se quedase desamparada en ese lugar.
Elena era una dama blanca, tan blanca como esas flores que tanto le gustaban, inteligente, sensible, divertida y guapa, increíblemente guapa, por fuera, por dentro y por extensión hasta sus hijas, que habían heredado su belleza y, sobre todo, su fuerte y encantador carácter. Así fue que Vega y Davinia cometieron ese secuestro por amor, un día de aquel extraordinario marzo.
Durante 7 días, cuidaron de Elena con toda la empatía y dulzura que puede caber en dos orgullosas, leales y excelentes hijas. En ese hogar, en el tiempo en que duró aquel secuestro, bailaron sin orden sonrisas, abrazos, mimos, amor en las cazuelas, música, flores, caricias y todos los regalos que merece una madre.
Fueron días de amor inmenso y agradecimiento, que Elena se llevó  en la maleta de su último viaje esa noche maldita, bien amarrada a las manos de sus niñas. Mientras, afuera, el cielo lloraba copos de nieve; tan blancos como la dama blanca; tan blancos como esas flores que tanto le gustaban; tan blancos como su mimado y precioso moño.
Con una serenidad contenida,  y con la absoluta certeza de quien hace bien la tarea, despidieron a su madre, sabiendo que siempre habitaría dentro de ellas, en sus corazones, ahora desdichados y rotos por la ausencia.

Hoy no hay reflexión, si acaso, oración, no sujeta a creencias, si no a la fuerza interior, a las energías blancas que fluyen, a las lágrimas también, a los brindis por los nuestros, a los recuerdos que permiten la magia de la inmortalidad. Va por todas y todos.
Que la tierra os sea ligera, breve y gozosa.

Dedicado a Elena, la Dama Blanca, ahora Blanca Estrella.