EL MISTERIO DE LA MUERTE

SILVANO BAZTÁN G.

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Acaba de ocurrir... Una vez más. Y sigue siendo un gran misterio, un misterio insondable. La muerte. El misterio de la muerte es una línea que continúa el misterio de la vida.

Todo esto lo damos, lo vivimos como algo normal, pero no lo es; al menos, para nuestra comprensión humana, tan restringida como la tenemos. Venimos a la vida sin darnos cuenta... y nos vamos sin saber cuándo nos va a tocar el momento.

Esto lo estoy escribiendo ahora porque acaba de suceder...

El lunes pasado vi a Roberto en consulta. Nuestra relación se inició hace ya muchos años. Durante estos últimos años, nuestros encuentros ya eran muy esporádicos, cuando en algún momento le aparecía alguna gotera; y, entre los dos, lográbamos solventarla.

Risueño, alegre, positivo, activo, emprendedor... y, sobre todo, ha sido una buena persona. Y ahora, de improviso, se ha ido. No llegó a los cincuenta años. Todo un shock para la familia y sus allegados.

¿Cómo es posible que, a estas alturas de la película, suceda algo así? Yo, como médico, cuando le vi el otro día, tras comentarme su inquietud, lo que le traía a la consulta, no vi nada especial en su persona, nada que saliera de lo común en él, y nos volcamos en una sesión relajante. Una sesión tranquila, sin investigar ni remover conflictos. Con un final suave y relajado.

¿Qué es la muerte? ¿Por qué sucede una muerte así? ¿Qué sentido tiene? La respuesta más fácil a la primera pregunta es que la muerte es el final de la vida. Sabiendo que tanto la vida como su final son parte de un proceso totalmente desconocido, desde la antigüedad, los seres humanos le han dado vueltas a sus cabezas para aclarar el tema... y serenar sus ánimos.

Las diversas religiones que imperan en el globo terráqueo, desde tiempos ancestrales han mostrado su parecer y han dado sus explicaciones irracionales para tranquilidad de sus súbditos.

A estas alturas de la película, de todas formas, el que se ha ido... ya se ha ido. Realmente, quien sufre de verdad es la persona que se queda viviendo el vacío que ha dejado el que acaba de marcharse. Y aquí, el consuelo que queda es que ya la persona difunta descansa en paz y está en mejor vida.

Cada religión lo apunta de forma diferente: las religiones monoteístas (cristianismo, judaísmo y el islam) le llevan al difunto a vérselas con el sumo hacedor de cada religión... si durante esta vida se ha portado correctamente según las indicaciones de las normas o mandamientos respectivos. En caso contrario, el asunto se torna bastante chungo, apareciendo la otra polaridad: diablos y demás perlas. Y, en este caso, hablamos de una vida eterna.

En las religiones no monoteístas, en cambio, el alma suele volver a peregrinar en este mundo, aunque la persona viene desprovista de una memoria sobre lo vivido en anteriores procesos. La finalidad, aparentemente, es ir desarrollando cualidades a través de sus múltiples experiencias... hasta alcanzar un estado de "iluminación".

Sí, de acuerdo, pero... ¿ahora qué? Asumimos que ya no vamos a volver a ver en cuerpo y alma a Roberto, tal y como era, y el vacío que va a dejar va a ser grande, como él era. Con sus ganas de vivir, su expresividad a raudales.

Yo no sé, realmente, dónde está ahora, dado que en nuestra cultura ancestral (de predominio cristiano), ya ni existe el limbo físico, ni el cielo físico, ni el infierno físico, ni el purgatorio físico... ¿Dónde carajo estás, amigo?

¿Sabéis qué os digo? Que me da igual: sé que estás en mis recuerdos y en mi corazón... y en el de todas las personas que te añoramos. Pero, aun sin saber a ciencia cierta hacia qué derrotero te has dirigido, sé que tu energía no se ha extinguido, y la humanidad se ha alimentado de tu ser durante todos estos años en los que has disfrutado alimentando y cuidando al que tenías cerca.

Recuerdo tu etapa de guardaespaldas... Yo te decía: ¿qué coño haces con un pistolón en la sobaquera? Pues cumplía con su misión: ser el ángel de la guarda de una familia... Y, en su último papel de cocinero, pues eso... alimentando y dando placer desde el sabor a las personas en los diversos locales que regentaba, cuidando de su paladar alrededor de la mesa, enseñando su buen hacer en los distintos cursos que impartía. En fin, era un no parar, con su gran capacidad de trabajo y gusto exquisito.

Pues eso, grandullón: gracias por la oportunidad que me has dado durante estos años de compartir un trocito de tu vida. Yo, por ahora, me quedo por aquí... Ya nos veremos-intuiremos-percibiremos... o lo que sea cuando a mí me toque cruzar esa línea que, por lo que parece, nunca sabemos dónde puede tocarnos atravesar.

Goian bego, guapo.

 

Silvano Baztán G.