VUELVO A LA NORMALIDAD

Duelo, soledad, mujer bajo las estrellas. IMAGEN DE ARCHIVO

Como habréis notado las personas que me seguís en navarradigital.es, en mi blog “El Arte de Vivir” (silvanobaztan.com) o en la red (sobre todo en facebook), ya hace unos cuantos días que no escribo.

No es que la tierra me haya tragado, ni que me hayan abducido los extraterrestres, ni que desde las filas del “mal” me hayan aniquilado… Lo que ha pasado es que “he vuelto a la normalidad”, y la transición ha estado enriquecida por otros factores colaterales que no trae a cuenta describir en estas líneas.

Conclusión: me ha sido imposible disponer del tiempo suficiente como para ponerme a escribir uno de esos artículos que acostumbro últimamente a publicar en navarradigital.es.

He vuelto a Navarra, mi tierra de origen y donde he vivido casi 58 años, para una semana de trabajo. Este viaje no tendría ningún sentido resaltarlo si no fuera porque se produce después de tres meses del bendito confinamiento al que hemos sido sometidos.

Y me he encontrado con dos realidades bien diferentes: por un lado, la que ya expresé en mi anterior artículo, en el pueblo de la cuenca de Pamplona donde viví mis 13 últimos años en Navarra. Reencuentro con los vecinos, abrazos, besos, conversaciones que, aunque muchas veces superficiales, son sanas, sinceras, de corazón a corazón.

En la capital, en Pamplona, por el contrario, el ambiente lo encontré más “preocupado”, con mucha más gente enmascarada por las calles…

Y ya, si enfoco hacia la semana de trabajo en consulta, he visto unas cuantas personas en las que el confinamiento ha sido claramente un desencadenante o intensificador de cuadros de ansiedad, miedos, etc.

Existen personas en las que, sin saberlo, el miedo habita entre sus cimientos, aunque no lo palpen en lo cotidiano. Son personas que pueden vivir toda su vida normalmente hasta que, cuando sucede una situación de peligro vital, un accidente, una muerte de alguien que le toque cerca, un miedo colectivo (como en la situación actual), notan que les afecta más de lo que debiera.

La forma de salir al exterior este tipo de conflicto puede ser variable: un verdadero y literal miedo a enfermar y morir, cuadros más descafeinados como un retraimiento social… incluso poder cebarse orgánicamente sobre pulmones y/o riñones.

En este tipo de casos en los que el protagonista (escondido o aparente) es el miedo, veo necesario escudriñar en la historia de la persona hasta dar con la o las situaciones o informaciones en las que se detecte algún antecedente:

  • Muertes de ancestros que han dejado un poso de dolor emocional en la familia, que no ha sido bien gestionado o digerido. Incluso cuando la persona desconozca su existencia.
  • Muertes previas inmediatas a la gestación o nacimiento de la persona: hermanos fallecidos, abortos previos, un gemelo perdido…
  • Situaciones de alto peligro durante el propio embarazo: una amniocentesis, por ejemplo, puede ser muy mal recibida por la criatura; placentas previas, ideas de abortar de la madre, amenazas reales de aborto natural, partos duros…
  • Muertes de personas muy cercanas a la familia sucedidas hasta los 6-7-8 años de edad de la persona.
  • Enfermedades graves o accidentes propios.
  • Muerte de un animal doméstico. En mi experiencia profesional he trabajado casos en los que el duelo por el querido compañero ha sido necesario para difuminar el proceso que le aquejaba a la persona. En muchas ocasiones, sin embargo, son situaciones en las que la persona va a poder conectar con el dolor de la pérdida y el miedo que no se atrevió a vivir, por ejemplo, con la muerte de un padre o una madre.

Pero, además, es necesario trabajar la propia situación en la que se encuentra ahora la persona. Por ejemplo, cuando hay un cambio drástico en la situación laboral, una pérdida del empleo o una falta de liquidez que no sabe en qué momento pueda aliviarse.

Como se puede comprobar, el cúmulo y variedad de situaciones es muy grande. En cada caso es necesario “disfrazarme” de Sherlock Holmes para investigar qué piezas son necesarias de integrar en el proceso, explorarlas y ayudarle a la persona a pasar página de una manera sosegada.

Como decía más atrás, por contra, me he encontrado también con personas en las que esta realidad del confinamiento general obligado les ha servido para parar en seco, tomar contacto con la naturaleza (evidentemente, quienes tenían la fortuna de vivir en pueblos pequeños), y plantearse su pasado, su presente y… su futuro.

Gran ocasión, sí señores. No en todos los casos me toca buscar gazapos en la vida de alguien que acude a consulta. En casos concretos, toca revisar los potenciales de la persona, sus estrategias de vida, y hacer un repaso de todo ello para que sea escuchado atentamente y lo pueda poner en práctica en “modo experimentación”.

No cabe duda de que este tipo de casos son muy gratificantes de acompañar. No por ello desmerecen los otros, los vapuleados o removidos por el miedo; no. Es también una ocasión de oro para limpiar historias que lo único que generan es dificultad a la hora de vivir y de sacar provecho de la vida. Y ayudar a las personas en esa tarea es también enormemente gratificante para mí.

En fin, que sin tiempo para atender como suelo al correo diario, sin tiempo para revisar las historias que me llegan por los grupos de whatsapp o por las redes, sin posibilidad de contaminarme por el coronavirus mediático, he vuelto de un sopetón a la normalidad. A esa normalidad que no tiene nada que ver con la que nos quieren imponer, en la que llevan a la población a mirar hacia adelante solamente en función de que haya o no rebrotes en el horizonte, o el advenimiento de un antivírico eficaz o la anhelada vacuna.

Por favor, no os dejéis engañar más. No es por ahí el camino que yo veo, siento y deseo para todos. Disfrutad del verano de cara a construir un otoño sin las aristas del miedo. Eso no es ni normalidad ni nueva normalidad; eso es un timo global en toda regla.

Salud para ti y los tuyos.

“El Arte de Vivir”

FACEBOOK SILVANO BAZTÁN GUINDO