viernes. 14.08.2020
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COVID-19 y SIDA

COVID-19 y SIDA.
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COVID-19 y SIDA. IMAGEN DE ARCHIVO
COVID-19 y SIDA

Parece que todo el mundo, a estas alturas de la película, está pendiente de cualquier estornudo o reacción febril de las personas que tenemos a nuestro alrededor, temiendo los ya anunciados “rebrotes” con los que nos han regalado la entrada en esa especie de estúpida normalidad que nos han construido “a la medida”.

Ahora, dentro del orden político-gubernamental, la cosa parece medirse en quién es el gobernante más vigilante y que con más fuerza y rigor vuelve a encerrar a su población por dichos “rebrotes”. Mientras estoy escribiendo este artículo, me he enterado sobre la posibilidad de que el gobierno autonómico catalán obligue al uso de la mascarilla también en la calle aunque se pueda guardar la distancia de seguridad… ¿Quién da más?

Pero, hablando de esta epidemia de coronavirus, ¿qué es un rebrote? Yo, generalmente, para mis presentaciones en público, cuando tengo que exponer algún concepto nuevo o del que desconozco su significado, lo primero que hago es ir corriendo al diccionario de la RAE.

En este diccionario “on-line”, para mí demasiado escueto en sus respuestas, en el caso de la palabra “rebrote” me suelta eso de que es “un nuevo brote”. Sencillo, ¿no? Bien, pues habrá que ver, entonces, qué es un brote.

“Brote”, según la definición de la RAE, es todo aquello que empieza a brotar, que empieza a manifestarse. ¿Y por qué se le da tanto bombo a la palabra “rebrote” en esta post-epidemia? ¿Hay algún límite cuantitativo, alguna cantidad mínima de casos a registrar, o deben ser especialmente graves como para que nos asuste el término?

¿Dónde se pone el límite, tanto en cantidad de casos como en cuanto a la gravedad de los mismos, para llamar a los nuevos casos registrados un “rebrote”? He estado mirando por la red y no encuentro ninguna respuesta satisfactoria que me aclare ni que dé soporte a lo que nuestras autoridades están diciendo. Y no sólo diciendo sino también haciendo, con las medidas de “vuelta atrás” que estamos viendo en diferentes lugares de España (y del mundo).

Parece que todos debemos tener claro que, en estos momentos de la película, a cualquier proceso respiratorio y/o febril, se le va a encasquetar una pruebita de ésas que nos va a confirmar o desmentir (y también me voy a referir a ello un poco más abajo) si tenemos el bicho o hemos tenido contacto con él.

En epidemiología, es normal decir que si busco muertes, voy a encontrar muertes. Quiero decir en este caso: si busco posible presencia del bicho, lo normal es que paulatinamente, a lo largo del tiempo, todo el mundo acabe teniendo contacto con él, con lo que, algo que en su origen podría tener sentido hacer, paulatinamente no va a ser nada clarificador.

Recién sacada del horno, la última reseña del estudio epidemiológico de sero-prevalencia Covid-19 en España nos indica que, aunque era de esperar un aumento considerable de los casos positivos, más parece que se ha estancado el número de personas seropositivas.

No me lo explico, a no ser que la inmunidad frente a este virus vaya más por línea celular que a través de los clásicos anticuerpos… o que, en otras palabras, estaríamos guiándonos por unos tests que no son fiables en cuanto a lo que pretenden medir.

Viene aquí “a huevo”, comentar que el químico y premio Nobel en 1993 Dr. Kari Mullis, inventor de la prueba PCR, no se cansó de repetir (hasta su muerte) que esta prueba no servía para el diagnóstico de virus alguno ni para ver la carga viral en una persona. Ya os podéis imaginar qué le ocurrió a este afamado científico tras poner impedimentos al negocio de la posterior venta de la maquinita: ostracismo, exclusión de las reuniones científicas de primer orden, crítica mordaz y burla de sus propios compañeros científicos…

Esto no es nuevo en el mundo de la Ciencia y su innegable connivencia con la economía y la política. Quien quiera puede saber que se calcula que un 80% de la inversión en investigación proviene de la industria en cualquiera de sus ramas. Y en el mundo de la salud, claro está, de la industria farmacéutica.

Ya durante los primeros tiempos del “SIDA”, este fenómeno que he descrito con el Dr. Kari Mullis se vivió en las carnes de otros grandes científicos (el Dr. Peter Duesberg, por ejemplo) que, por cuestionar públicamente la falta de pruebas evidentes de la existencia del virus causante (aislamiento, fotografía electrónica del virus…), fueron condenados sin juicio.

¿En qué consistieron esas condenas? Relegarles de las posiciones que disfrutaban en laboratorios de primera, impedirles contactos (de otrora amigos, colegas), pertenencias a cónclaves científicos decisorios, subvenciones o financiación para sus propios trabajos de investigación en sus laboratorios… Vamos, un descrédito brutal a unas vidas prolíficas y dedicadas en cuerpo y alma a la investigación científica honesta.

En fin, que cuanto más leo y me informo, más pena me da el mundo de la Ciencia actual, casi totalmente vendida a la financiación de las grandes empresas de farmacia y sus intereses mercantiles.

Y ya que sale el SIDA a relucir, ocurrió también algo bastante parecido con las pruebas diagnósticas: ¿medían la presencia del virus VIH, su carga viral, anticuerpos? Curioso que cuando en el resto de las enfermedades (y en mi sentido común) la presencia de anticuerpos es un alivio para la persona, en el SIDA era una condena a muerte en pocos años…

¿Sabéis cómo se diagnostica el SIDA en África desde 1985 (tras la Declaración de Bangui por la OMS y los CDC de Atlanta, los verdaderos amos de la enfermedad en este planeta)? El diagnóstico es clínico si la persona tiene, por ejemplo: fiebre prolongada durante al menos 4 semanas, pérdida del 10% de su peso en 4 semanas, y diarrea prolongada (al menos, 4 semanas).

Interesante cómo se pueden inflar las cifras de SIDA en África si se atienen al diagnóstico por esos síntomas, ¿no? Por supuesto que no se contempla que una inmunodeficiencia, además, puede estar causada por falta de agua potable y por desnutrición… ¿Os suena algo así como común en muchas regiones africanas?

Bueno, pues ahora, con el dichoso coronavirus está ocurriendo algo parecido. A los comienzos de la pandemia, ante la no posibilidad de diagnóstico serológico (ni fiable, ni no fiable), se acometió un diagnóstico clínico con una serie de síntomas: fiebre, tos-estornudos, dificultad respiratoria… Después vino la anosmia (falta de olfato)… Con arreglo a estos síntomas, sobre todo al principio de la epidemia, se metieron en el saco de Covid-19 a muchas personas sin verificar si eran seropositivos o no.

Durante estos últimos días, va y la OMS se descuelga con otros síntomas “característicos del COVID-19” que van a servir (como orientación) para el diagnóstico clínico de casos. ¡¡¡Atención!!!: congestión, náuseas y diarrea.

¿Qué? ¡¡¡Acabáramos!!! ¿Quieren inflar más las cifras de Covid-19, mortalidad incluida? ¿Quieren facilitar nuevos rebrotes de la enfermedad? La OMS y los CDC son grandes especialistas en crear enfermedades u ocultarlas simplemente cambiando sus definiciones.

¿Os recuerdo quién financia la OMS? Hay una proporción (como una quinta parte) que llega de los países miembros (en relación a su riqueza y población), pero esa cantidad de dinero sólo cubre los sueldos del personal de la agencia.

Las otras cuatro quintas partes llega por vías privadas, siendo Bill Gates a través de su fundación y la fundación GAVI (alianza sobre vacunas) quien está a la cabeza de los contribuyentes más notorios, junto al gobierno de EE.UU.

Sabréis también que el presidente Trump se descolgó de seguir aportando los cerca de 900 millones de dólares que aportaba (tanto por la cuota nacional como por la contribución voluntaria), y que en el mismo día, Bill Gates ofreció compensar ese agujero con una aportación extra de otros 250 millones de dólares…

¿A dónde voy con todo esto? Pues que con la OMS en manos privadas, con intereses económicos evidentes (que no dudo que puedan ser “legítimos” en cuanto a generar negocio empresarial, pero que distan mucho de ser tan “filantrópicos” como se pregonan), no es el mejor representante de lo que debiera ser una entidad cuyo único fin es el bienestar y la salud de los habitantes de este planeta.

Salud para ti y los tuyos.

SILVANO Y LOGO

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